66 Juana Utreras Vargas y Enrique Esquivel Marambio

A poco de comenzada la década de 1940, don Enrique, abogado jefe del Departamento
Jurídico de la Superintendencia de Aduanas de Chile, le propuso a un subordinado ser
apoderado de la hija de éste, bellisima y dinámica muchachita en edad escolar.
Don Enrique ejerció esta responsabilidad con tal diligencia que la salvaje e inmanejable
niña quedó embarazada.
Casado con la juez Marta Alcayaga Vicuña, el futuro padre corría riesgo de cárcel por
haber embarazado a una menor, con el agravante de ser su apoderado.
Para tranquilizar a la joven Juana Utreras Vargas don Enrique la llevó a Montevideo,
Uruguay, donde se casaron.
Así se convirtió en bígamo.
De modo que para escapar de la cárcel el gran abogado abrió un nuevo frente que podria
llevarlo al calabozo,
Y en esa subrepticia condición anterior a las redes sociales don Enrique convivía a ratos
con la hermosa Juanita y el resto de los días, con su espada de Damocles, la juez Marta
Alcayaga. Aunque estas cuentas no son del todo exactas porque pasaba otros días
disfrutando de un tercer matrimonio, informal pero persistente como la lluvia, cuya
protagonista desconozco pero de cuya existencia daré fe irrefutable.

Juanita también llamada Yoani, dio a luz a cuatro hijos de don Enrique: Amira pequeña
arpía, bajita y hermosa en su juventud justificadamente horrible en la vejez, abogado que
siempre vivió del estado; Lilianette, perezosa pintora; Enriquito fallecido de un tiro a los
14 o 15 años en un accidente de caza; y, Cristián, ingeniero informático, mala gente como
muchos de los que tienen sangre Marambio.

Conocí a Yoani cuando era la futura suegra de mi querido amigo Pancho Mora quien
pololeó seis años con su hija Lilianette, en adelante Lilí.

Cuando vestido con botas de cierre lateral roto hace meses, bluyines y el tradicional
poncho amplio y delgado, color café claro entré por primera vez a su casa para empezar a
cortejar a Lili, me instalé en el salón a esperar por ella, apareció su madre, la hermosa y
atractiva Yoani.
Me dijo, en voz bajita para que nadie lo escuchara si te casas con mi hija te regalo un carro
y una casa.
Yo no podía creer lo que estaba escuchando. Supuse que serían bravuconadas.
Con los años Yoani me regaló una casa en Aquelarre, en Chile, y un carro en Venezuela: mi
primer carro, cuando todavía estábamos en la cesantía. Ella llegó con un Fiat 1000 y me
dijo este carro es tuyo. Lo único que había pagado era la inicial. Yo tendría que pagar las
cuotas.
Cómo se ve Yoani, no sólo era una mujer maravillosa. Además, era una valiente y osada
mujer de palabra.
Y no sólo eso.

La todavía bellísima y muy atractiva Yoani había conseguido empleo en una empresa de
alfombras y cortinas donde trabajaba a comisión siete días a la semana, incluso sábado y
domingo, vendiendo alfombras y cortinas.
De ello vivimos seis meses las diez personas que estábamos en la cesantía en un
apartamento alquilado, recién llegados a Venezuela.

Casado con Lili nos fuimos a vivir a la calle ocho norte entre 2 y 3 Oriente, en la acera
norte.
Durante los primeros días cada fin de semana llegaba de Santiago la maravillosa Yoani, mi
suegra, en un pequeño camión con muebles y enseres para nuestro apartamento. No sé si
después del tercer o cuarto fin de semana tuve que decirle que por favor no siguiera
obsequiándonos enseres porque ya no cabía nada en nuestro ya muy bien instalado
hogar.

Días después de que habíamos contratado a una muchacha de servicio, cuando tocaron la
puerta apareció de visita mi suegro Enrique Esquivel. La muchacha lo saludó con gran
cordialidad: don Enrique como está usted, qué gusto de verlo.
A Lilianette no se le pasó el detalle. Cuando don Enrique se hubo ido, ella le preguntó a la
muchacha de servicio de dónde lo conocía.
Ella contó que había trabajado once años con la esposa de don Enrique. Con ello se tuvo
noticia de la tercera familia simultánea de don Enrique, de la cual no se había sabido hasta
entonces.

Años después, cuando me separé de Lilí y abandoné nuestra Quinta Cambridge, en Los
Campitos, Caracas, me fui a vivir con mi suegra, la hermosa Yoani en su apartamento en La
Lagunita donde todavía estaba en construcción el mío en ese mismo maravilloso conjunto
residencial de preciosa vista y 60.000m2 de jardines y piscina.

Durante meses disfruté de la compañía de Yoani para indignación y celos de su hija Lili.
No era fácil vivir con Yoani.
Es extremadamente frugal y avara.
No incurría en ningún gasto.
Como contraparte de su avaricia diaria, era la mujer más generosa que haya conocido.
Todos los años, en Navidad, para ella la fecha más importante del año, a cada uno de sus
cercanos nos hacía regalos espléndidos cuando no simplemente maravillosos.

Después de algunos años en Venezuela Yoani regresó a Chile donde continuó viviendo en
su casa de siempre en la calle Magdalena entre Isidora y Presidente Riesco en la esquina
de un pasaje.

Recién instalada Yoani en Chile, Marta Alcayaga, la primera esposa de Enrique Esquivel,
esposo bígamo de ambas, enfermó gravemente.
Yoani se instaló en Viña del Mar en casa de Marta y la cuidó hasta su muerte.
Todo indica también se hizo cargo de su considerable fortuna.


Poco después Yoani se hizo cargo de cuidar a don Enrique hasta su muerte y también de
su fortuna igualmente considerable,

Tiempo después, Yoani, que vivía con su perro contrajo un cáncer que la postró
duramente.
Con ocasión de la muerte de su perro, invité a sus nietos y a algunos de mis pequeños
sobrinos a que buscáramos un perrito para Yoani.
Después de mucho dar vueltas los niños se enamoraron de uno que adquirí para llevarlo
de regalo.
En su lecho de enferma Yoani se sorprendió gratamente al ver a tantos pequeños que la
iban a visitar y mucho más cuando le entregaron ese perrito del cual se enamoró y que fue
su compañero hasta su muerte.

El diestro desempeñarse de Yoani en el área de las inversiones y las propiedades, que
entre otras cosas la dejó de propietaria de un verdadero palacio en el Cerro Alegre en
Valparaíso, donde viví durante mi campaña como candidato a alcalde de esa ciudad,
despertó en su hija Amira la desesperación por despojarla en vida de sus bienes,
entendiendo que si no lograba saquearla en vida, una vez fallecida Yoani tendría que
respetarse lo que establece la ley y sus bienes serían repartidos entre todos sus hijos,
asunto que a la siniestra Amira le resultaba intolerable hasta las náuseas.

Yoani se iba apagando lentamente sumiéndose en un proceso de estupor, hasta que un
día cuando almorzábamos a su mesa y a pesar de tenerlo prohibido, ella comenzó
instintivamente a comer sal.
Desde ese día mantuvo el hábito de comer sal y con eso salió de la condición de estupor y
recuperó su capacidad de moverse y estar alerta.

Su prodigiosa recuperación gracias a la sal fue una de las inspiraciones que tuve para
descubrir que la Apnea del Sueño no es una discapacidad del sistema nervioso central si
no que simplemente falta de sodio.

Lamentablemente meses después falleció.

Maravillosa gran mujer.